[RELATO SIMPLÓN Y ESPONTÁNEO DE ACTUALIZACIÓN SEMANAL]

Macri, chipriota errante, normalmente en paro pero que ahora trabaja en Londres para una editorial, emprende una aventura para intentar conseguir los derechos de autor de un libro ucraniano de ciencia ficción. Desgraciadamente el soldado está integrado en tropas internacionales y Macri viaja siempre ahorrando.

(English version here)


CUARTA ENTREGA

-Gracias. Intento estar cómodo. Supongo que ustedes saben muy poco de los kuchis. Es uno de los pueblos más milenarios del mundo; somos los antepasados de lo que ustedes  llaman gitanos. Desde hace miles de años los kuchis viven moviéndose libremente entre Persia y la India. Nunca hemos respetado fronteras de ningún tipo. En invierno llevamos nuestros rebaños al abrigo de los desfiladeros del sur del país y en primavera volvemos a las grandes praderas. Siempre ha sido así. ¿Sabe usted que los kuchi fuimos los que introdujimos los camellos en Persia?
-No, no lo sabía.
-Pues así es. Y las caravanas de la ruta de la seda las llevaban todas los kuchi. Somos un pueblo viajero, por eso nos llaman así. Nómadas. Nadie, ni siquiera los talibanes, se ha atrevido jamás a impedirnos movernos tranquilamente por estas montañas.
-Usted no tiene pinta de ganadero.
-Es cierto, señor Macri. Pero eso es porque en estos momentos me dedico a defender los derechos de mi pueblo. en los tiempos que corren alguien tiene que estar aquí, entre los políticos, para que otros puedan llegar a las praderas y alimentar a su ganado y mi pueblo no se muera de hambre. ¡Usted no sabe cuánto echo de menos cabalgar en mi caballo arreando una manada entera por un desfiladero! Desgraciadamente, ahora mi misión es ayudar a mi gente de otra forma.
-Con la famosa espada.
-Efectivamente. Como el señor Macri ya sabe, aunque se empeñe en negarlo, la espada de Josiah Ham es el símbolo del príncipe de Gor. Quien la tenga tendrá también el derecho sobre todas las tierras que rodean Chachagar. Esas tierras nos pertenecen a nosotros; el rey Abdur Rahman, nieto de Dost Mohamed, nos otorgó la propiedad de toda la provincia, donde siempre habíamos llevado los rebaños a pastar, y hay documentos que lo prueban. Es el lugar donde vamos a establecer la gran capital nómada, la patria kuchi.
-¿Y para qué necesitan la espada?
-Tras la caída de los taliban, los perros hazara engañaron a los americanos para quedarse con nuestras tierras. Hicieron que pareciera que nosotros habíamos apoyado a los talibanes y que ellos eran los únicos que se habían resistido. ¡Nosotros a los talibanes! Si yo tuve que exiliarme en los Estados Unidos y me quitaron todas mis empresas! El caso es que esos infieles malnacidos quieren quedarse con las tierras de los kuchi.  Como ahora están en una posición de fuerza, con el apoyo americano, los hazara están vulnerando todas las normas antiguas y las tradiciones de nuestro país  y nos quieren negar el acceso a nuestra principal fuente de vida, que son las praderas de Gor. Y eso no lo vamos a consentir.
-¿Pero la espada quien la tiene?
-¡Ya basta! sabes perfectamente que la espada la tiene el ucraniano ese, que quiere dársela al desgraciado de Naim Kuchi. Mira, Macri, yo no sé para quién trabajarás, pero si os atrevéis a apoyar a ese falsario, os aseguro que se va a desatar una campaña de bombas, atentados y muertes que os arrepentiréis de haber venido a Afganistán a jugar a vuestros juegos ignorantes. Ya basta. Estás avisado. No tengo nada más que decir. Espero que hayas entendido lo que te conviene. Coge el número de teléfono que te va a dar Abdel y más te vale aprendértelo de memoria, si quieres volver algún día a tu país, sea el que sea.
Uno de los secuestradores, barbudo y con la ropa apestando intensamente a grasa de cordero le colocó en la mano a Macri un papel pequeño y doblado y le hizo cerrarla. De nuevo todas las conversaciones fueron en dari. El dueño de la casa no se despidió de ellos, y los hombres volvieron a cubrirles la cabeza con los mismos trapos apestosos y los arrastraron fuera bien agarrados.
El trayecto de vuelta en coche fue más tranquilo, en silencio, sin soltarlos pero también sin golpes. Cuando el todoterreno paró y les quitaron las capuchas estaban enfrente del peace hostel. Seguramente para hacer ver que sabían dónde vivían y la inutilidad de los guardianes que seguían sentados frente a cada casa.
Entraron al patio en silencio. Macri iba cabizbajo cuando lo maru lo cogió del codo y lo apartó a un lado:
-Espera. No entres aún.
-¿Qué pasa?
-Han estado a punto de matarnos. Me duele un montón aquí -se tocó la sien-. Por favor, explícame de qué va todo este lío.
-No tengo ni idea. Primero pensé que me habían confundido con otro, pero ahora diría que lo que pasa es que alguien que no entiende muy bien inglés has estado escuchando nuestras conversaciones y se ha inventado todas estas fantasías.
-¿Tú crees?
-Puede ser. Mira, yo hablé con Boris, el autor, de que el principio estaba muy bien pero que iba a necesitar defender el título. Quizás algún zoquete confundió principio con príncipe, y pensó que el título era el título nobiliario.- Maru abrió mucho los ojos:
-No me lo puedo creer!  -empezó a reírse.
-Claro que sí, mujer. Y cuando le dije que venía a valorar el trabajo, el mismo tipo seguramente entendió que me refería a tasar la espada. Recuerdo que le pedí discreción sobre el tema para que no se adelantara ninguno de nuestros competidores. Apostaría a que la confusión viene toda de ahí.
-Malditos idiotas!! -lo decía con una sonrisa incontrolable, y a Macri le pareció especialmente atractiva.
-Te duele mucho? -le pasó la mano por la sien.
-Ay! Si lo tocas me duele más!
-Y los hombros, ¿te duele si te toco los hombros?
-Creo que no, de hecho creo que necesito un abrazo.-Macri le rodeo los hombros con sus brazos y la mantuvo así, apretándola. Ella se dejó abrazar y le apoyó la cabeza en el hombro. El pelo le olía a petroleo y suciedad, pero extrañamente no era un olor desagradable, sino acogedor. A Macri le entraron ganas de besarla pero se conformó con apretarla contra sí y pasarle la mano por la espalda. Estuvieron así un buen rato, apretados y acariciándose, pero no se besaron. En vez de eso, Maru lo cogió suavemente del hombro y le propuso que entraran a la casa.

TERCERA ENTREGA

Salir a la calle fue volver a sumergirse en la oscuridad y en el miedo. En verdad tenían más que recorrer un trozo de avenida, girar en la segunda esquina y ya estarían en la calle en cuesta hacia su casa, pero mientras más ancha era la calle, más insegura le parecía a él. La chica, en cambio, iba desenvuelta, contenta, silbando algo. El puto silbido ponía a Macri más en tensión; no paraba de mirar atrás y a los lados, tanto se sentía indefenso y acosado.
En un momento dado vio las luces de un coche acercarse a lo lejos por su mismo lado de la calle. Venía sin prisas pero a él le entro pánico. Miró hacia atrás y calculó que ni corriendo tenían posibilidad alguna de llegar a la próxima esquina antes de que el coche alcanzase su altura. Aún así estaba a punto de echarse a correr. Se imaginó una ráfaga de ametralladora y decidió tirarse al suelo en cuanto estuviera más cerca, aunque hiciese el ridículo delante de Maru.
No le dio tiempo. Del coche salieron tres tipos armados y enturbantados. Los agarraron con fuerza y los arrastraron sin contemplaciones a pesar de sus gritos histéricos. Los metieron de cualquier manera a empujones en el todoterreno. Dentro, estrujados ente esos tipos apestosos a cabra que los sujetaban fuertes, Macri se calló pronto, al segundo puñetazo en la cabeza. A Maru tuvieron que pegarle más.
Los tipos hablaban sólo dari, dándoles órdenes bruscas. Nada más subir al coche les había echado un trapo a cada uno por la cabeza y tras la agresividad intensa de los primeros momentos, la situación se calmó. Sólo se oía a los afganos gritándose entre sí y algunos sollozos apagados de Maru.
Macri sentía el estómago en la boca, estaba al borde del colapso nervioso, no podía ni respirar a causa del miedo. Estaba seguro de que lo iban a matar. Ese era el final y no había solución alguna. Pánico e impotencia presionándole el esternón.
El coche se paró bastante pronto. Los sacaron agarrándolos fuerte por el cuello, casi sin dejarlos respirar. En pocos momentos los dos se habían vuelto dóciles, entregados. Los hicieron andar, prácticamente a rastras a través de un patio y varias puertas. Sus captores iban saludando a otra gente al pasar, sin soltarlos en ningún momento.
El grupo se detuvo en lo que sonaba como una sala más pequeña. Los hicieron arrodillarse y antes de quitarle la capucha Macri se ganó un puñetazo gratuito y bestial en la sien. Tardó unos segundos en poder mirar alrededor y hacerse una idea de dónde estaba.
Era una habitación normal de una casa. El suelo estaba cubierto de alfombras rojas, que debían ser bstante caras, a juzgar por lo mullidas que resultaban. A los lados había situados cojines bajos tapizados ricamente y dispuestos para sentarse. En las paredes algunos cuadros con miniaturas árabes enmarcadas en marcos anchos de laca marrón. Enfrente de ellos, echado sobre un cojín y rodeado por varios hombres armados estaba el que parecía el jefe de todo el cotarro. Un hombre gordo, de piel muy morena, prácticamente calvo, con el pelo cano en las sienes y labios grandes. Llamaba la atención por lo calvo y por un par de ojos exageradamente penetrantes. Llevaba una túnica marrón claro y un chaleco blanco sin mangas encima y se dirigió a ellos en un inglés con perfecto acento americano de Virginia:
-Bienvenidos a mi casa. Me llamo Hasmat Ghani Ahmadzai. He mandado que los traigan aquí porque quería tener una charla con el señor Macri Zibris, pero no teman, será algo breve y a ustedes por ahora no va a pasarles nada.-ninguno de los dos dijo nada- ¿Me entienden?
-Perfectamente -Contestó Macri. Maru se limitó a asentir con la cabeza.
-OK. Sabemos, señor Macri, que ha venido Usted a nuestro país para tasar la legendaria espada del príncipe de Gor. Lo único que le vamos a pedir es que cuando se la enseñen pida algún tiempo para examinarla y nos avise inmediatamente. Del resto nos encargamos nosotros, pero le aseguro que nadie jamás sabrá que fue Usted quién nos avisó. A cambio sabremos recompensarlo.
-No sé de qué me habla. Yo no he venido a tasar nada, ni sé nada de ninguna espada. Ni siquiera entiendo lo más mínimo de espadas. yo he venido a comprar los derechos de un libro...
-Jajaja! ya sé, ya sé que su misión es secreta, pero no nos tome por tontos, señor Macri. Somos asiáticos, pero no tontos.
-Le aseguro que..
-Lo sabemos todo. Tenemos a nuestra gente infiltrada en muchos lugares y nos enteramos de muchas cosas. Sabemos que ha venido a entrevistarse con el señor Boris Paton, y sabemos que Usted le ha ofrecido dinero, y que viene a valorar la espada y que a cambio están dispuesto también a ofrecerle el título.
-¿De qué habla? Creo que lo han entendido mal. Ha habido una confusión. Yo soy agente literario y Boris Paton va a publicar un libro en Ucrania que queremos traducir al inglés, aunque habrá que cambiarle el título, y yo he venido a negociar los derechos, porque...
-Es Usted muy inteligente, señor Macri...pero no me puede engañar. Tenemos maneras de hacerle confesar, pero creo que no tenemos que llegar a eso. A mi también me gusta jugar, así que señor Macri-agente literario, si cuando esté usted en Chachag llega a sus manos la espada del príncipe de Chor, llame al número que le van a dar mis hombres. espero que entienda que debe hacerlo, ya sabe Usted que en mi país la vida de un hombre, incluso aunque sea agente literario, vale muy poco.
-Pero qué mierda de espada es esa? Le juro que no sé de qué me habla.
-Bueno, se lo contaré para ilustrar a la señorita -por primera vez Maru, que parecía ausente durante toda la conversación, levantó la cabeza hacia su anfitrión.
-La mayoría de los extranjeros que vienen a mi país desconocen por completo la historia de Afganistán. Creen que lo mas antiguo que nos ha pasado fue la invasión rusa, y no saben que éste es uno de los lugares con más historia del mundo.
-Muchos sí lo sabemos
-Ya, usted por supuesto que lo sabe, señor Macri. ¿ Ve como nos vamos entendiendo? El caso. señorita, es que a mediados del siglo XIX el rey de Afganistán, Dost Mohamed, estaba perdiendo el control de grandes partes del país. En particular, varios clanes tayicos que se dedicaban al comercio de esclavos habían establecido un gobierno independiente y sanguinario en la zona de Gor. Era una vergüenza para nuestro país pero el rey no tenía ejército suficiente para luchar contra ellos. Entonces apareció por Kabul un personaje extravagante. Era un aventurero norteamericano, millonario para más señas. Se llamaba Josiah Harlan y por aquel entonces vivía en la India. Harlan, que era también un hombre muy religioso, se ofreció al rey para liberar Gor y acabar con los esclavistas.
-Parece un cuento de Ruyard Kipling.
-Ya sabe, señor Macri que lo es -Hashmat sonreía cada vez más- El caso es que reunió un ejército mercenario en la India. Eran mil soldados de caballería, cuatrocientos camellos y un elefante. El bueno de Josiah Harlan quería emular a Alejandro Magno, de ahí lo del elefante. El caso es que con ese ejército, al que unió muchos esclavos hazara liberados, consiguió derrotar a los tayicos, acabar con la trata de esclavos y liberar las provincias centrales que puso a disposición del rey Dost Mohamed. A cambio, el rey lo nombró Príncipe de Gor y ordenó que le ofrecieran la espada más valiosa jamás elaborada en Afganistán; una espada de plata decorada en lapislázuli que formaba parte del tesoro real desde la época del impero gurida. El rey ordenó que Josiah y sus descendientes conservaran el título nobiliario y la espada como símbolo de su poder sobre el territorio de Gor.
-Una historia muy bonita. Supongo que esa es la espada que según Usted yo debería tasar.
-Muy inteligente! Sí. La espada se conservó en la casa familiar de los Harlan en Pennsilvania hasta hace cincuenta años. Entonces fue misteriosamente robada y desapareció. Para mi pueblo esa espada es muy importante...
-¿Su pueblo? -esta vez fue Maru la que interrumpió.
-Sí, el pueblo kuchi. Yo, señorita soy un simple nómada, un kuchi, como nos llaman aquí.
-Nadie lo diría. Tiene Usted una casa muy bonita.

SEGUNDA ENTREGA

La chica lo llevaba casi a rastras. Saludó de pasada a un guarda sentado indolente en la puerta de llegada con su kalasnikof en las rodillas y sólo se pararon ante un landrover reluciente. El afgano con shelwa (la típica túnica afgana) y turbante que estaba apoyado en el coche se levantó diligente para meter el saco de Macri en la parte de atrás. Sólo cuando estuvieron sentados pudo Macri abrir la boca y preguntarle a la chica su nombre:
-Me llamo Maru.
-Francesa?
-Tú que crees, con este acento?
-No sé, podrías ser de Quebec.
-Claro, o de Senegal.
-Así es. Bueno, y llevas mucho tiempo aquí?
-Casi dos semanas- La chica le sonrió al decirlo, y era difícil saber si sonreía con ironía, riéndose de sí misma por novata, o convencida de que en ese tiempo ya se había convertido en una veterana. Con los franceses nunca se sabe.
-Y qué tal te ha ido el viaje?
-Normal. Nada especial. Un viaje en avión como todos.
-Vaya, creo que eres el primer extranjero que llega a Kabul y no tiene una anécdota que contar de Ariana, las líneas aéreas más divertidas del mundo.
-Es que no soy un aventurero. Ni un escritor.
Hasta ahí dio de sí la conversación. La chica se quedó mirando pensativa por su ventanilla y Macri aprovechó para estudiarla con disimulo. No era demasiado fea; un poco de cara de hombre y los hombros anchos; a él le iba ese tipo de chicas. No tendría más de veinticinco años y vestía desenfada: unos pantalones anchos oscuros, una camisa negra de hombre y esa cinta tan hippy en el pelo. A simple vista, una de esas muchachas que llegan supermocionadas a trabajar fuera, con ganas de ayudar a mucha gente.
Mentalmente Macri la calificó rápidamente de aburrida, por previsible.
Todas las ciudades son similares vistas desde el coche que te trae del aeropuerto. Al menos todas las ciudades incivilizadas. Macri sólo vio avenidas grandes y vacías. Edificios altos de color tierra o grises, que pegaban bien con el cielo medio nublado del anochecer. Kabul parecía mucho más grande de lo que había previsto. Pero era viernes por la tarde y estaba entera desierta. No vio ningún semáforo. Se cruzaron con algunas bicicletas y pocos coches. En alguna esquina había gente parada, mirando, sin hacer nada, pero casi nadie más. Dejaron atrás las avenidas y se metieron por un barrio moderno, de casas grandes de estilo occidental y muros altos. De pronto todo parecía menos anticuado y hasta el aire soviético había desaparecido. Se pararon frente a una casa con tejado a dos aguas y las paredes de cemento aún sin pintar. Estaba rodeada de una valla de madera. En la puerta un guardián armado.
Resultó que era el "peace hostel" de Kabul. La casa, autogestionada en teoría, servía de alojamiento a todos los cooperantes de organizaciones "alternativas" que pasaban por Kabul, previo pago de una pequeña cantidad. En la puerta los esperaba un chico alto, con una gorra, barba de pocos días y gafas de pasta. No hizo falta que hablara para que Macri supiera que era americano:
-Hola! Yo soy Joe! Tu eres el de la editorial, ¿no? Ya nos dijo la gente de MEDERA que llegabas hoy. Bienvenido.
-Mi nombre es Macri. Tú en qué trabajas?
-Soy el coordinador de Nexus, la asociación que gestiona el Peace Hostel.
-Nexus? mmmm..¿como Sexus, de Henry Miller?
-Intentamos que sea menos promiscuo. Coordinamos iniciativas de colectivos pequeños que tienen proyectos para ayudar aquí en Afganistán y no tienen infraestructura.
-Suena bien.
-Bueno, es una manera de canalizar proyectos de parroquias, asociaciones y de gente corriente sin tener que pasar por la mafia de las oenegés grandes...-
ahí lo cortó Maru:
-Venga Joe, no le sueltes el rollo a estas horas. Vente, Macri, te voy a enseñar tu cama.
Se lo llevó hasta una habitación con tres literas. Macri eligió una de las dos de arriba que quedaban libres (¿cómo puede ser que hayan dejado libre precisamente dos de arriba, que es donde mejor se duerme?) y deshizo ligeramente su equipaje. Preguntó por el baño pero cuando se enteró de que sólo había agua caliente una hora por la mañana desistió de la ducha. Se limitó a cambiarse de camiseta y salir a la sala donde Maru y un grupo de gente charlaban fumando. Ella le guiñó el ojo, sonriente.
-¿Qué te apetece hacer ahora?
-¿Qué opciones tenemos?
-Bueno, en teoría ninguna.
-¿Y eso?
-Verás, llevamos ya dos meses en situación de alerta máxima. Tenemos prohibido salir a la calle como no sea para ir al trabajo, pero si te apetece podemos dar una vuelta o ir a cenar a algún sitio.
-¿No dices que está prohibido?
-Bueno, lo está, pero por eso yo vivo aquí en vez de en la casa de MEDERA. Los demás contratados de mi organización viven allí, pero faltaba un cuarto y me ofrecí para quedarme aquí. En la casa aquella los jefes te controlan y no hay manera de escaparse. Aquí todo es más relajado.
-Venga ya Maru -Joe se metió en medio de la conversación a carcajadas- no te quedaste aquí por eso sino para poder fumarte tranquilamente tu porrito cada noche.
-Bueno eso también. En verdad si aguanto vivir en una casa donde no tengo privacidad ninguna, donde nadie limpia y rodeada de hippies es por eso, para ser un poco más libre. Al fin y al cabo yo he venido a conocer el país, no a hacer curriculum.
-Hmmmm, genial. Cuando conozcas una mazmorra talibán, me lo cuentas. Pero por carta, no sea que no vuelvas.
-Gilipollas! ¿Qué pasa, que a los jefes de las organizaciones nunca los secuestran? Porque ellos redactan sus manuales de seguridad y prohíben todo, pero después salen todas las noches a restaurantes y fiestas.
-Como quieras, pequeña. Eres libre. No soy tu papi -Cuando Joe sonreía enseñaba unos dientes enormes que asustaban.
A Macri la chica empezaba a caerle bien. Era tan alternativa como se había imaginado, pero destilaba cierta rabia con el mundo exterior bastante enternecedora. Aceptó la proposición de cenar fuera.
Cogieron las chaquetas, Maru se encasquetó un pañuelo negro en la cabeza, tapándole el pelo, saludaron al guarda y salieron a la calle. En el momento mismo en que la puerta se cerró detrás suya Macri se sintió desamparado. Se había hecho de noche de pronto y no había ninguna iluminación. La calle estaba negra y desierta. La oscuridad y el silencio ya podrían dar miedo por sí solos, pero la sensación era casi de terror al venírsele automáticamente a la cabeza todos los relatos de secuestros, atentados y agresiones en Afganistán que había leído antes de salir. Estaba seguro de que alguien lo vigilaba desde fuera dispuesto a saltar sobre él. Por un momento hasta le faltó el aire y estuvo a punto de darse la vuelta. Pánico.
En cambio Maru parecía segura y tranquila, y eso terminó de asustar a Macri,; no le cupo duda de que una muchachuela que llevaba tan poco tiempo en el país y que salía con esa despreocupación sólo podía ser una inconsciente.
-¿Vamos lejos?
-Qué va. Hay un kebab a dos manzanas que está siempre abierto.
-¿Dos manzanas? -Macri exageró su acento, pero ella se limitó a sonreír.
Andaban con paso rápido y las manos metidas en los bolsillos. La calle era cuesta abajo. La mayoría de las casas estaban construidas recientemente, en un estilo bastante centroeuropeo. La chica le contó que estaban en el barrio de Sharenou, que es el de los occidentales, los ricos y las embajadas. En muchas de las puertas había guardas, algunos sentados en sillas colocadas en mitad de la calle, otros en casetas de vigilante; en un par de esquinas estaban detrás de un parapeto de sacos de arena. Todos los saludaban al pasar a su lado. La mayoría les decía "Shabakhair", que quiere decir buenas noches, y ambos respondían lo mismo. Otros usaban otras frases en dari que Maru no era capaz de traducir, pero parecían saludos formales, así que ellos les respondían con un educado "Salam" que siempre queda bien en estas tierras.
Tardaron menos de diez minutos en llegar al local. No era demasiado diferente de cualquier bar de kebab que Macri hubiera conocido. Poco iluminado, con el rollo de carne torneada dando vueltas, grasiento y dos mesas estrechas muy pegadas a la barra. Estaba vacío salvo por el camarero.
Se sentaron en una de ellas. Pidieron el menú único y dos té. Les sirvieron dos platos de plástico cargados de virutas de carne, otro más con ensalada, un cuenco de salsa blanca y una bandeja llena de tortas de pan. Maru le enseñó a usar el pan para agarrar con él pellizcos de carne, mojarlo en la salsa y llevárselo a la boca. Fue una cena agradable. Hablaron de amores. Maru estaba de acuerdo en que es imposible irse medio año a Afganistán y mantener una pareja en su propio país. Le contó que la mitad de los miles de trabajadores internacionales de la ciudad habían llegado hasta allí huyendo de un fracaso amoroso. Y la otra mitad eran parejas de cooperantes. Le habló también algo de un joven francés que vivía en Lyon pero que seguramente no la esperaba.
Al acabar Maru fue al baño a lavarse las manos y Macri se quedó solo por primera vez en un rato largo. Estaba contento, comiendo kebab en un lugar solitario en mitad de Kabul. Miró a la mesa vacía y al pan que había sobrado.
En dari lo llaman nan. Son las mismas tortas blandas que se usan como pan en todo Asia central, y hasta en la India. Y las mismas que acompañan cualquier comida en Turquía, aunque allí lo llamen pita. Pita, que es la base, nunca mejor dicho, de la pizza italiana, evidentemente. Y al pensar esto último a Macri se le viene a la mente la imagen de los artesanos de pan turcos o sarracenos desembarcando en Sicilia conquistada para alimentar a sus tropas, y se los imagina perfectamente dando órdenes a los albañiles italianos para construir tandoor, que son los hornos abovedados donde se cuece el pan, pegado a las paredes. Y no le cuesta nada imaginarse el triunfo de esos panes olorosos por toda la isla, ni que los panaderos otomanos decidieran quedarse en Sicilia y sus familias acabaran instalándose allí y poniendo tomate, queso, alcaparras y anchoas sobre la pita. Por un momento, mientras Maru regresa del baño, Macri se evade de ese antro oscuro afgano y, soñando con escribir algún día la historia de la pizza, vuelve a su mediterráneo natal. Que antes de llegar a Sicilia, los turcos pasaron por Chipre. Y Macri, no se olvide, es chipriota.
El regreso de Maru, ajustándose el pañuelo del pelo, interrumpió la disquisición gastronómica antes de que fuera a más.

PRIMERA ENTREGA

Macri pensó con melancolía que los aeropuertos son siempre lugares seguros, uno se siente a salvo en ellos; nada que ver con el país que espera ahí fuera amenazante. Pocas cosas le creaban más inquietud a Macri que llegar al aeropuerto de una ciudad desconocida, recoger el equipaje de la cinta y verse expulsado de esa zona segura. En el mismo hall de los aeropuertos, justo a partir de la baranda que delimita siempre la salida, empieza lo incógnito. Ahí se instalan siempre taxistas mafiosos, cambistas, hosteleros de mala pinta y timadores en general dispuestos a desvalijar al extranjero que llega inocente, indefenso como un polluelo frente a una manada de bisontes.
Eso pensaba Macri, con cierta aprehensión, en el autobús que lo llevaba camino del edificio principal de aeropuerto de Kabul. Jardinera, llaman a esos autobuses y nadie sabe por qué, porque no llevan flores, sino personas; Macri recordó un viejo chiste de azafatas, que dice que el nombre les viene de que van llenas de capullos. Así se sentía él, como un capullo. Iba dándole vueltas a las posibilidades que se le ofrecían en caso de que nadie fuera a recogerlo. Desde Londres había concertado que fueran a recogerlo con la ONG francesa dedicada a la promoción cultural que iba a acogerlo en Kabul; eran su único contacto en el país. Se la había recomendado un fotógrafo que trabajaba a veces para su editorial y un par de meses antes había conseguido que estos mismos franceses  lo acogieran durante su estancia por Afganistan. Cuando consiguió el número y por fin los llamó para pedirles ayuda para localizar a  Boris Paton, el tipo con el que hablaba -un tal Gerard- se mostró interesado y le ófreció todas las facilidades;  quizás incluso demasiado interesado desde el principio. Él se presentó. Le contó que era agente literario en la editorial Marvin Books y que  tenía el encargo de contactar con Boris Paton, un escritor ucraniano que al parecer  hacía su servicio militar en Afganistán, donde fuera que estuviese destinado, para ofrecerle un contrato editorial para los derechos de la traducción al inglés de su última novela. El chico de la ONG, que hablaba con marcadísimo acento francés, no lo dudó un instante:
-OK, puedes contar con nosotros. Si quieres puedes alojarte en nuestra casa en Kabul y te ayudamos a buscarlo.
-Pero, ¿tengo que pagaros algo? Es que no me dan demasiado presupuesto para el viaje...
-No te preocupes por eso, creo que lo mejor es firmar un convenio con vosotros, de asistencia gratuita para ese proyecto.
-Hmmmm...y ¿eso qué implica?
-Nada, solamente que figure nuestro nombre en el libro. Así podemos incluirlo entre nuestras actividades como promoción de la literatura.
-Lo tengo que consultar...es que yo... yo sólo me encargo de contactar con el autor, me mandan sólo a conseguir su firma...el resto es cosa de mi jefe.
-Ok, ok...te mando un borrador del convenio por email.
El convenio le llegó a su jefe y parece ser que lo firmó. A Macri sólo le dijo que estaba todo arreglado, que recogiera su billete para Afganistán y que se pusiera en contacto con el francés para que lo recogieran en Kabul. Ahora dudaba de si les habría llegado el email que mandó con su hora de llegada.
Macri pasó el control de pasaportes sin problemas. Un soldado afgano tocado con un kepis verde de lo más ridículo le selló el pasaporte sin comprobr siquiera la foto. Ya estaba dentro; en Afganistán. El aeropuerto era apenas un hangar venido a más. Los pasajeros se apelotonaban junto a la cinta de equipajes mezclados con mozos de carga con turbante, soldados americanos, señores con traje y hasta niños harapientos. Un desbarajuste.  Intentó abrirse paso hasta la cinta, atento a que nadie fuera a agarrar su saco. Macri usaba siempre en sus viajes un antiguo petate azul de marinero. Lo había elegido hace tiempo porque era cómodo y, a pesar de que la ropa llegaba siempre arreglada, le daba un aire bastante viajero. De pronto lo vio aparecer en el extremo de la cinta, cerrado con su candado. Se puso en tensión para agarrarlo cuando le llegara y en ese mismo instante alguien le puso la mano en el hombro:
-¿El señor Macri Zibris? -la pregunta, con indisimulado acento francés, se la hacia una chica joven, morena y sonriente. Llevaba una banda sujetándole el pelo en rastas. Tenía la piel muy blanca.
-Sí, soy yo - Macri intentó sonreír, pero en ese mismo momento estaba llegando el petate a su altura, así que se dio la vuelta para agarrarlo, dejando a la muchacha con la palabra en la boca. El petate se enganchó con una maleta que iba delante, y casi arrastra a Macri, que tropezó con un carrito de equipajes y acabó en el suelo, con su saco encima. La francesa lo miró, sonriendo levemente y arqueó las cejas. Macri estaba seguro de que estaba pensando que menudo mamarracho había ido a recoger, así que se levantó como pudo y, intentando hacer una broma, le dijo:
-Es que ahora dejan venir a cualquier a Afganistán. -Ella  casi ni lo miró y se limitó a empujarle el hombro:
-Vamos, es por allí.